La Guerra… arancelaria.
Sin necesidad de pensarlo mucho, la guerra ha sido el mejor instrumento para comprar o vender cosas a lo largo de historia, si bien el “trueque” antecede a la amenaza abierta para un intercambio de bienes; la sola presencia de alguien objetivamente más fuerte, inclina la balanza de la igualdad y termina por quedarse con las cosas del más débil; ni que decir de las épocas violentas de la esclavitud antigua donde el humano mismo era la “mercancía ideal” para crear más mercancías.
Construir un relato que sublime el acto violento del despojo del otro no es difícil, simplemente se elabora bajo conceptos de “justicia” y de “poder” más una generosa dosis de violencia y tendremos los pilares de un “Estado” de cosas que al final la gente termina normalizándolo.
El caso extremo y cercano es la violenta “conquista” de países europeos en América y otras partes del mundo; donde las viejas prácticas de intercambios, más o menos justos, dan paso a la esclavitud y al esquilmo de los pocos productores libres.
Las clases dominantes conforme construyeron el relato del mercado, afinaron el marco normativo y acumularon las suficientes armas para hacer que se cumplieran las “leyes”.
Las grandes potencias y hablo de Estados Unidos, Rusia, China, India, Alemania, Inglaterra, Francia, históricamente a punta de bayonetas y de cañonazos abrieron mercados y se robaron lo que pudieron; doy tres ejemplos:
- Las Guerras del Opio (1839-1842 y 1856-1860):las inició el Reino Unido cuando China intentó prohibir el comercio de opio, que aquellos importaban desde la India; derrotado el país asiático fue obligado a firmar tratados desiguales e injustos como el de Nankín (1842), que permitió el comercio británico de otras mercancías y por supuesto de opio y la cesión de Hong Kong.
- En los siglos XIX-XX el Reino Unido, Francia, Bélgica, Alemania y otros países europeos invadieron África y Asia, utilizando sus ejércitos para colonizar territorios que les permitió explotar recursos naturales como caucho, diamantes, oro y petróleo, donde también, vendieron chacharitas a los naturales de cada país.
- Mientras las potencias europeas se regodean en el saqueo en África y Asia, los Estados Unidos, bajo la doctrina Monroe de “América para los americanos” y con el argumento de proteger sus intereses económicos en la región, promovió golpes de Estado: un ejemplo es la intervención en Guatemala en 1954, donde la CIA apoyó un golpe de Estado para derrocar al presidente Jacobo Árbenz, quien había nacionalizado tierras de la United Fruit Company y el otro, contra Salvador Allende en Chile en 1973, donde los “Chicago Boys” economistas estadounidenses iniciaron la implementación de las políticas neoliberales protegiendo los intereses gringos y la élite local, es sabido que las minas de cobre estaban en manos de empresas estadounidenses, como la Anaconda Copper Company y la Kennecott Copper Corporation de tal manera que ante una nacionalización del gobierno socialista de Salvador Allende, con la CIA al frente, impulsaron el golpe de Estado.
- En el 2003 los Estados Unidos y sus aliados, bajo el pretexto de eliminar armas de destrucción masiva (que nunca se encontraron), invadieron Irak, para finalmente terminar con jugosos contratos en la explotación del petróleo.
Así, la idea de que «el mundo nace chorreando sangre» se aplica a estos contextos porque la expansión del capitalismo y la globalización han estado históricamente ligadas a la violencia, la explotación y la dominación. La apertura de mercados no siempre ha sido un proceso pacífico o voluntario; en muchos casos, ha sido impuesta por la fuerza, dejando un rastro de sufrimiento y desigualdad.
Esta perspectiva no solo es compartida por Marx, sino también por otros pensadores críticos del capitalismo, como Walter Benjamin, quien escribió que «no hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie». En otras palabras, los logros económicos y culturales de la humanidad a menudo se han construido sobre la explotación y la violencia.
La nueva guerra de aranceles impuesta por Trump, como un mecanismo de sanear su economía, sin duda está apuntalada por su ejército y su gran potencia nuclear; con la gran diferencia que hoy amenaza a adversarios cuyas fuerzas sumadas lo sobrepasan y solo nos expone a una última y final guerra mundial y a otros, como el nuestro, que a falta de un poderoso ejército y además desnuclearizado, presenta una fuerza política y económica más sólida que la suya.
La unidad mostrada en torno a la Presidenta Claudia Sheinbaum por parte de las diversas clases sociales y partidos políticos representa la mejor defensa frente a la agresión trumpista, defensa que, al paso de los días se convertirá en una acción ofensiva al alinear a otros países en la custodia de sus intereses nacionales frente a esta irracional guerra arancelaria.
Imponer unilateralmente aranceles a mediano y largo plazo será contraproducente para la economía estadounidense; aunque algunos sectores específicos (como el acero y el aluminio) se beneficiarán temporalmente, los costos para la economía en su conjunto (mayores precios, represalias comerciales y pérdida de mercados) superarán los beneficios. Por otro lado, la reactivación económica no depende únicamente de medidas proteccionistas, sino de factores como la innovación, la productividad y la inversión en infraestructura y educación. Los aranceles, en este sentido, son una herramienta limitada y a menudo costosa.
La nueva guerra de despojo, vestida con traje de arancel, que ha iniciado Trump destruirá una parte de los bienes y capitales en varios países, pero más: ¡En el propio Estados Unidos!
Cierto, es un cañonazo en el propio pie.


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