Doña Lilu

Xico es tradición, viejo sustantivo que proviene del latino traditio, y éste a su vez del verbo tradere, «entregar», como una forma de transacción o herencia originaria de la ley romana del mismo nombre, es decir: la tradición es la herencia cultural profunda que una generación le entrega a otra.

Así, en la tradición no solamente habría que ver y analizar los elementos sociológicos que se transmiten entre los pueblos, sino al agente transmisor de la herencia misma. Siempre me ha parecido sublime imaginarme al invidente de Homero, el rapsoda, contar en las escalinatas del Ágora griega la epopeya intemporal de la Guerra de Troya o el fabuloso retorno de Ulises a los brazos de su amada Penélope: ¿Quién no ha viajado en las cóncavas naves por los océanos de tiempo para conquistar al otro; quién no ha realizado el más azaroso viaje para estar en los brazos de la amada? Respetando tiempos y formas: diremos que todos.

Ahí en Xico, donde su Iglesia eleva su torre retando al Cofre de Perote, donde su puerta se abre de par en par para que los peregrinos puedan beber el agua santa y elevar la plegaria en agradecimiento a Dios o pedirle su indulgencia, se encuentra una tradición viva: la oralidad misma que narra mágicamente los sucesos que atan la vida de la gente a la terrenalidad de la historia.

Matrona antigua, omnipresente es su espacio, evoca con su verbo el amarre del tiempo pasado con el presente veloz e incierto de la globalidad: Doña Lilu, su otro nombre se ha perdido en el tiempo y ha quedado presente este bisílabo que la nombra para todos los que la conocen: ¡Doña Lilu!

En el 174 de la Calle Real, no hay otra calle en Xico, las demás calles pierden importancia en la medida que paralelas se alejan de la Real y se pierden por los rumbos de los cerros; en ese número, está la casa encantada de Doña Lilu. Entre paredes blancas con vivos color vino, su casa de dos pisos, pequeña y grande a la vez por lo que atesora, está adornada por los anturios, los helechos y los rododendros que estallan en colores sobre el barandal de hierro; sendas palomas de Amatenango, Chiapas, sentadas a los extremos, arrullan a sus dueños con susilencioso currucucú.

Una puerta estrecha, siempre abierta, es la invitación a esa nave del tiempo; a su lado una alta ventana, con su protección de hierro pareciera que cuidara lo que en los tiempos modernos nadie quiere: el pasado.

Tras la puerta o mirando por la ventana se abre un mundo hierofántico, donde se trasmuta lo terrenal con lo sagrado, donde es posible mirar el ánima de los muertos y escucharlos hablar en la profunda, grave y resonante voz de Doña Lilu.

Los daguerrotipos y modernas fotos dan cuenta de hombres y mujeres idos, cuyo recuerdo hace chisporrotear a la memoria: -Aaaah, si es cierto, ya me acordé- Termina uno diciendo mientras que el canto y la narrativa de ella va señalando cada cosa que habita en su cuarto.

La fila de frascos en conserva, atesoran los sabores de la tierra y de árboles que tal vez estén a punto de extinguirse: duraznos, peras, ciruelas y todo lo que la fabril mano ha podido conservar en sus propios jugos dulces… mira uno, como Argos Panoptes, pero no bastan los cien ojos del vigilante de Era, porque cada rincón guarda un duende, una ánima que cobra vida en la voz de ella: ahí están las máscaras, esos otros seres que nos suplantan o tal vez que nos hacen ser lo que efectivamente somos. Las máscaras son la representación de nuestros temores y alegrías y ahí están haciendo compañía a la matrona que las guía, que las hace sonar, como en el viejo teatro griego y la actual danza de los payasos que en los días de jolgorio en el mes de julio, en el más puro sincretismo, juntan lo pagano con lo sacro: ¡Payasos!, si, payazos que aturdidos por el “verde de Xico” bailan día y noche demostrando que la esencia del hombre radica en su felicidad y que esta se manifiesta en la risa, el canto, la música y el baile… pero hay otras máscaras, más viejas, más antiguas cuya mirada perturba nuestro inconsciente. Ahí, con el rojo sangre que impone temores justos, con los cuernos de ese toro de lidia que en las noches de plenilunio se vuelven armas mortales en el campo contra el imberbe torero, con la lengua bífida, que la cultura judeocristiana identifica en la sierpe del mal; con su barba galante que enamora a la núbil doncella para robarle su virginidad, la careta del diablo está presente: es perenne… es una dualidad constante, es Ormuz y Ariman; el bien y el mal que cohabita en cada uno de nosotros y que suele sintetizarse en la razón moral; también es Quetzalcóatl y Huitzilpochtli, o todas esas deidades que ha creado la imaginería del hombre para contar de manera simplificada la dualidad aparente de las cosas.

Doña Lilu cuenta; cuenta el tiempo que la hace grande y a la vez la consume. Mira tras la ventana el paso de las fantasmales gentes… de vez en cuando, la campana de Santa María Magdalena “toca a difuntos” y ella ve mirar el ánima en pena que baja por la Calle Real: -¿Ya te vas José?- le pregunta mientras se abanica de los bochornos de junio al sobrino querido que agarrado al enrejado de la ventana ha pasado a despedirse: -Ya me voy madrina, se acabó el pabilo de la vela- Lilu se mece en su asiento, acomoda su gran cuerpo, como mamá grande y alza la voz llamando a María: -María, mariiaaa, tráele a José una botella de Verde para que se la lleve y se la tome en el camino, va a tener mucha sed y sus huesos necesitarán mucha agua para que no se vuelvan polvo tan fácilmente; anda, ten, tómatela despacito hasta que llegues al camposanto. Acuérdate que tu papá nunca llegó hasta allá porque se emborrachó y por ahí anda dando sustos a la gente con sus huesos pelados y su risa denuda y chimuela.

-Gracias madrina, usted siempre tan buena conmigo, pero ya ve, decían que los toros no eran bravos… pero si son toros, ¿Verdad madrina? Y yo que quería ser torero como mi tío Pancho, pus nomás no pude con el requiebre y el toro me reventó la tripa… ya me voy madrina, se me va hacer noche y en el cementerio, dicen que los muertos espantan. ¿Verdad que no madrina, verdad que no?

-Ve con dios, hijo, ve con dios… ahí te alcanzo al rato, pero no ahorita…

Tenga me dijo, tras un viaje en ondulados recuerdos de su difunto esposo y la luz de sus hijas e hijos, tenga, se lo obsequió y volvió a llamar a María y María agarró un tenatito hecho de hoja de palma, acomodó papel de china color fucsia y metió una brillante botella de un Verde enigmático de Xico:- ¡Se la regalo!- me dijo dándome algo más que el brebaje: el corazón de jade de su amor infinito por la vida. Me acerqué y le di un beso lleno de gratitud por revivir conmigo los tiempos idos y nos despedimos sin despedirnos, un hasta luego, ya vengo, ya me voy…

Eran la una de la tarde, no se mucho de misas y campanadas, pero la iglesia tocaba sus campanas llamando a misa, era domingo y el sol asentaba las sombras en los pies de la gente… miré la perspectiva de la calle Real, giré entero para ver la sempiterna Iglesia y mirar el vaivén de la campana al ser golpeada por el badajo y no solamente oír su metálico lamento, sino sincronizarlo con el hecho de ser golpeada. Volví a girar dándole la espalda, miré la ventana por donde Doña Lilu mira pasar a los que van al camposanto, abrí la botella de Verde y de un solo trago me tomé casi la mitad del licor: -Adiós Doña Lilu, ¿Es derecho verdad? Y mientras se abanicaba los bochornos de junio, con una grata sonrisa y su voz profunda, añosa, contestó: -¡Si mijito, es derecho, no hay pierde, todos van al camposanto!  

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